El Castillo Invisible
El Castillo Invisible
Había una vez un pequeño pueblo junto al mar, donde las personas vivían con la creencia de que para ser buenas y valiosas, bastaba con visitar el gran templo de la colina o rendir homenaje a la estatua de la plaza central. Cada semana, las calles se llenaban de gente que subía al templo con ofrendas, o que se arrodillaba frente a la estatua, esperando que esos actos los convirtieran en mejores personas.
En ese mismo pueblo vivía un joven llamado Nico, que no entendía del todo esa costumbre. No porque no creyera en el valor de las tradiciones, sino porque sentía que algo faltaba. Un día, mientras caminaba por la playa, vio a un anciano construyendo un castillo de arena. Pero lo curioso era que no lo hacía de golpe, ni con grandes montones de arena. En lugar de eso, el anciano tomaba un grano de arena, luego otro, y otro más, colocándolos con paciencia y cuidado.
Intrigado, Nico se acercó y preguntó:
—Señor, ¿por qué no usa una pala o sus manos para juntar toda la arena de una vez? Así terminaría más rápido.
El anciano sonrió y respondió:
—Si juntara toda la arena de golpe, no tendría un castillo, solo un montón desordenado. Pero si pongo un grano cada día, con intención y cuidado, al final tendré algo hermoso y duradero.
Esa respuesta quedó grabada en la mente de Nico. Desde ese día, decidió que, en lugar de buscar ser mejor solo en los días de festividad o en los momentos de ritual, haría pequeñas acciones diarias que sumaran a su vida y a la de los demás. Ayudaba a su vecina a cargar las bolsas del mercado, recogía la basura que encontraba en el camino, escuchaba con atención a quienes necesitaban hablar, y siempre buscaba aprender algo nuevo.
Con el tiempo, las personas del pueblo comenzaron a notar algo diferente en Nico. No era el más rico, ni el más devoto, pero había algo en él que inspiraba. Su bondad no era un acto grandioso, sino una suma de pequeños gestos que, como los granos de arena del anciano, habían construido un castillo invisible en su corazón.
Un día, alguien le preguntó:
—Nico, ¿cómo logras ser tan buena persona? ¿Es porque visitas el templo o la estatua más que nadie?
Nico sonrió y respondió:
—No se trata de cuántas veces subas al templo o te arrodilles frente a la estatua. Se trata de los granos de arena que colocas cada día. Cada acción cuenta, cada gesto suma. No construyo un castillo en un solo día, pero cada día pongo un grano, y eso es lo que me hace mejor.
Desde entonces, el pueblo comenzó a cambiar. Las personas entendieron que no eran los grandes actos ni las visitas al templo lo que los hacía mejores, sino las pequeñas acciones diarias que construían, grano a grano, el castillo de su propia humanidad.
Luz Viva:
Cuentos Infantiles
Para suscribirte a uno de nuestros planes es preciso acceder, si no estás registrado aún, podés hacerlo ahora.
- Accedé con tus datos para escuchar más cuentos: Acceder
- Si aún no estás registrado podés hacerlo ahora, tendrás acceso para escuchar cuentos que no están disponibles por defecto: Registrarme ahora - es gratis
Luz Viva
Sol Hermans
Un lugar donde la conexión y el aprendizaje se hacen expansión.
Luz viva es un puente entre generaciones, un espacio donde los niños y los padres pueden crecer juntos desde la conciencia y el amor.
Luz Viva: Historias que Conectan, Transforman y Expanden.
