Una Historia de Regreso a la Magia
Una Historia de Regreso a la Magia
Había una vez una niña que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas. Desde que tenía memoria, los cuentos eran su refugio y su alegría. Cada noche, antes de dormir, pedía a sus padres que le contaran una historia. Había un libro que adoraba especialmente: Los 365 cuentos de la abuela. Lo que más le fascinaba de ese libro era que contenía un cuento para cada día del año, asegurándole una nueva aventura cada noche.
Su madre, con una imaginación infinita, también inventaba cuentos para ella. En las mañanas en las que la niña no quería ir a la escuela, su madre la convencía con historias mágicas. Caminaban juntas, deteniéndose en callejones o bajo la sombra de una gran higuera, donde las palabras de su madre cobraban vida y hacían que el trayecto se llenara de fantasía. Así, entre cuentos y risas, lograban llegar a la escuela.
Con el tiempo, la niña creció. Aprendió a leer y escribir, y pronto comenzó a imaginar sus propios cuentos. Sin embargo, al seguir creciendo, algo cambió. Poco a poco, fue olvidando ese tesoro tan preciado que tenía: su capacidad de imaginar, crear y soñar. La vida la llevó por diferentes caminos. Viajó, estudió, trabajó en todo lo que puedas imaginar, y finalmente se convirtió en maestra jardinera.
Como maestra, lo que más disfrutaba era contar cuentos. Cada historia que narraba iluminaba los ojos de los niños, y en esos momentos, sentía que algo dentro de ella volvía a despertar. Pero, por cosas de la vida, dejó de trabajar como maestra y se dispersó en otros rubros, alejándose aún más de ese mundo mágico que tanto amaba.
Un día, en una meditación profunda, algo extraordinario ocurrió. En su interior, encontró un cajón olvidado, un tesoro escondido: el cajón de los cuentos que había dejado guardado hacía tanto tiempo. Fue como si un rayo de luz cayera sobre ella, devolviéndole el mundo de la imaginación.
Poco a poco, comenzó a darle espacio a ese tesoro. Las historias volvieron a fluir, pero esta vez eran diferentes. En cada cuento, veía reflejados temas que la tocaban profundamente: cosas que le estaban pasando o que había vivido en el pasado. Sin darse cuenta, los cuentos se convirtieron en su propia terapia, un puente entre su mundo interior y el exterior.
Cada historia que creaba llevaba una gota de conciencia, una enseñanza, un aprendizaje. Descubrió que, más allá del mundo fantástico que imaginaba, podía tocar el corazón de cada lector y oyente. Fue entonces cuando decidió compartir este gran tesoro con el mundo.
Comenzó a sembrar pequeñas semillas en el corazón de los niños, devolviéndoles la magia de los cuentos. Y para los adultos, ofrecía un entorno donde las semillas que ya tenían dentro pudieran crecer y florecer.
De este modo, logró crear un puente entre generaciones. Regresó la magia de los cuentos al mundo, haciendo que muchos niños fueran tan felices como ella lo había sido en su infancia. Y así, con cada historia que contaba, iluminaba corazones, recordándole al mundo que la imaginación y la creación son tesoros que nunca debemos olvidar.
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Sol Hermans
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